Genealogía I. Del esoterismo decimonónico al new age: razones duras, razones blandas

La tesis que hemos estado defendido en este blog, propone que la razón esotérica va más allá del mundo de lo trascendental y de lo espiritual: en el último siglo, su influencia ha permeado lugares mucho más prosaicos y ha entretejido con ellos una relación de colaboración y ensamblaje. A nuestro entender, los espacios principales donde se ha jugado esa integración han sido el de la psicoterapia y el de la empresa/organización. La importancia de esos mundos en el siglo pasado – del complejo  “psi” y de la empresa como modelo funcional y ético de toda forma de organización – ha diseminado, entonces, la razón esotérica en todos los ámbitos de la vida humana: el trabajo, la vida familiar, los grupos de pares, las prácticas espirituales, las luchas políticas, el ocio. Paradoja: lo esotérico, mediante la vulgata psicoempresarial que va construyendo un modelo de construcción de la subjetividad al que algunos han llamado con gran precisión enterprising self, se ha vuelto exotérico.

Este entrelazamiento, sin embargo, no resultaba evidente hace un siglo. La actual integración de la racionalidad esotérica en estos ámbitos no podría haberse producido de no mediar ciertas modulaciones importantes dentro de lo que podríamos llamar, para no establecer las distinciones radicales que advertíamos en los anteriores posts, un discurso y una práctica esotérica “dura” o “tradicional”. Según la literatura canónica sobre la historia del New Age, este núcleo lo componen los desarrollos esotéricos del siglo XIX y de comienzos del siglo XX, especialmente en el mundo anglosajón.

Si bien sus análisis no conciben el mundo New Age como nosotros lo hacemos, Michael York, en su libro Historical dictionary of New Age movements (2004, Oxford: Scarecrow Press), entrega una buena descripción de estas dos corrientes germinales. El primero de ellos sería la constitución de lo que York denomina el “transcendentalismo decimonónico” en Nueva Inglaterra: una reacción a la moral y a la experiencia protestantes, donde se mezclan una lectura occidental del Hinduismo, las primeras técnicas de curación, una concepción inmanente de lo espiritual y la importancia de la experiencia mística personal. La composición con estos elementos supuso, a juicio de York, un fundamento para la confianza en la intuición del hombre y en el potencial humano, como ámbitos a ser desarrollados para alcanzar una vida plena, capaz de trascender.

La segunda corriente es aquella más centrada en el poder transformador de la mente, cuyas manifestaciones más importantes serían el espiritismo, el New Thought y la teosofía de Blavatsky y compañía. Para York lo que estas corrientes permiten es el establecimiento de una herramienta – la maestría del poder de la mente – capaz de acercarnos personalmente a una existencia donde los males del mundo – la enfermedad, la pobreza y la desgracia – “comienzan a ser consideradas ilusiones que una gnosis apropiada y una mente astuta pueden disipar o eliminar.” Escapando de las trabas de la vida mundana, podremos alcanzar finalmene la trascendencia.

De la concatenación entre la confianza en el potencial del hombre – la materia a ser desarrollada – y del descubrimiento de sus capacidades mentales – herramienta para modelarla –, surgirá, en los años 60, la confianza New Age en la autosuficiencia espiritual del hombre. De este modo, “los recursos espirituales se convierten en utensilios disponibles […] que pueden ser modeladas, experimentadas o incorporadas, o bien rechazadas mientras su inutilidad quede demostrada para el individuo” (p. 4).

Esta convicción será crucial para el amarre de la razón esotérica con la terapia y con la empresa. La comprensión de la espiritualidad como un recurso a ser trabajado con la finalidad de alcanzar una maestría en nuestra existencia terrenal, fue mirado con mucho interés por quienes por esos años encabezaban las críticas a la psicoterapia (a la conductista y la psicoanalítica) y a los modelos organizacionales del capitalismo fordista en crisis.

Del reblandecimiento de la razón esotérica – su devenir new age – en su relación con estos ámbito (ultra)terrenos, hablaremos en siguientes entradas.

 

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Una respuesta a Genealogía I. Del esoterismo decimonónico al new age: razones duras, razones blandas

  1. Una lectura estructural del capitalismo tardío da luces de como dicho modelo genera las condiciones materiales y históricas (uy… sonó marxista eso) para que la razón esotérica como campo discursivo haga de los objetos de su discurso herramientas o artefactos que, además de su innherente carga simbólica, se revistan de un fuerte componente imaginario.

    Si en la lógica capitalista todo objeto supone la reintroducción, o al menos la promesa de reintroducción, del objeto pérdido estructuralmente (objeto a para Lacan) causa del deseo humano, se sobreimaginarizan (lógica perversa) prácticas que suponen entregar algo… algo que están imposibilitadas de entregar (belleza y delgadez con equipos de ejercicio, felicidad con pastillas, igualdad con educación, status y clase con dinero, etc.).

    En este contexto -y a propósito del texto- la razón esotérica presta estos objetos al discurso científico (vieja y severa esposa del purista capitalismo) que se materializan discursivamente como objetos tangibles pero no en su dimensión simbólica (que es irrenunciable) sino que en su inflación imaginaria. Como si el alma pudiera (desde el tarot, la astrología, la meditación o las terapias humanistas) seccionarse, pulirse y entregarse cual anillo de diamantes para utilizarse con fines de lucro económico. En esta lógica, que en nada dista del análisis neurológico de personalidad (p.e. inhibición de recaptación de neurotransmisores como etiología de la esquizofrenia), surgen prácticas tan hermosas y sui generis como el coaching ontológico o las dinámicas grupales empresariales que favorecen la autoestima y la asertividad.

    Ahora, más que el capitalismo generando condiciones que permiten el desarrollo de esta locura anti-edípica, pudiera pensarse que la razón esotérica se propaga y capilariza como práctica discursiva en el capitalismo, con sus particularidades que la distinguen de otros discursos como el psicoanálisis o el conductismo, en la medida que el discurso imperante (científico) puede apropiarse y hacer uso de ella.

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