Psicología y empresa: una relación agonista y un programa simétrico

El vínculo entre la psicología y la gestión del elemento humano del capitalismo – organización del trabajo y relaciones laborales; publicidad y perfiles de consumidor – se remonta prácticamente al origen de ambas disciplinas. Desde las primeras iniciativas taylo-fayolistas de manejo científico del trabajo y de administración de las relaciones entre trabajadores, el capitalismo recurrió discursiva y técnicamente a estos nuevos expertos seculares de la mente y el alma. Qué decir del desarrollo de la publicidad en el mundo fordista, cuyo origen es inconcebible sin la influencia del psicoanálisis a través de la figura de Edward Bernays, sobrino de Freud, protagonista de la introducción de sus ideas en Estados Unidos y pionero de su uso en el marketing y al avisaje[1].

Esta temprana vinculación tiñó para siempre al management, como arte de gobernar, con los racionales y a la vez humanizados colores de la preocupación por la psique. Aunque no siempre de la misma forma. De una manera ciertamente disciplinaria, en el sentido de un saber y una tecnología llamadas a manejar hombres y máquinas al servicio de una libertad calculada, restringida y jerarquizada, sujeta a una asignación meticulosamente diferenciada de roles para cada agente, la gestión capitalista pasó la primera mitad del siglo XX por diversas etapas en su vinculación al elemento psíquico en juego.

Los primeros desarrollos en la materia tuvieron que ver con lo que se denominaba por entonces una intervención psicotécnica en el mundo del trabajo: la combinación de un acucioso proceso de selección de trabajadores respecto a su habilidades y la exigencias de la producción, con un diseño cuidadoso del espacio de trabajo[2]. Luego, a partir del higienismo de los años 30, que concebía un trabajador “desajustado” en términos psicosociales que debía ser normalizado para convertirse en un buen operario, padre y ciudadano, pioneros como Elton Mayo y su “desarrollo de las relaciones humanas” dentro de la empresa, introdujeron el elemento comunicacional y la actitud moral del trabajador dentro de la fábrica como correlato psicosocial del proceso productivo. Este enfoque alcanzaría su punto cúlmine en los “treinta gloriosos” años que siguieron a la Segunda Guerra en Europa y Estados Unidos: un trabajador integrado, responsable y discipinado, nacionalista y ordenado.

Sin embargo, a partir del tumultuoso final de la década del 60, la hiper racionalidad y la fría tecnificación de la gestión fordista comenzaron a chocar con las demandas crecientes del mercado y de la propia democracia, desbaratando de paso este modelo disciplinario de gestión del recurso humano. Monotonía, deshumanización, estancamiento, pereza, grasa. De una manera muchas veces inesperada e indirecta, pero ciertamente ajustada, la crítica propiamente productiva a la crisis del capitalismo “sólido” – con sus llamados a la desregulación y la flexibilización, a la autonomía y a la responsabilidad del trabajo, a la lean production y al toyotismo –, se asoció a una crítica “artista”[3] preocupada de la dimensión subjetiva y, sobre todo, emocional de la alienación, que reunía una versión pragmática de los lamentos de Marcuse y las seducción de Fromm, con los derroteros experienciales y místicos de la razón esotérica de la contracultura hippie, la mirada a Oriente y las psicologías humanistas que inundaban los Estados Unidos. Todo en contra de la crítica social, marxista o socialdemócrata, que surgía de los sindicatos y los partidos de izquierda, cristalizaciones simbólicas de un capitalismo llamado a desaparecer.

Para los años 80, el neoliberalismo pronto a instalarse como “nueva razón del mundo”[4] ya contaba entonces con una poderosa mixtura técnico-discursiva donde sus ideas clave podían encontrar una correspondencia con el elemento humano. Así lo ilustra el congreso internacional organizado en Toronto en 1981 sobre “Humanización del trabajo” cuyo mensaje principal era la “humanización del trabajo” mediante una articulación de la flexibilización del mundo del trabajo, con el desarrollo personal del trabajador y la legitimidad política de la empresa[5]. Con un discurso como tal, las “democracias liberales avanzadas”[6] que encabezaban el proceso de reestructuración neoliberal, estaban sentando las bases de un modelo de (auto)gobierno humano ligero, que trabaja con la libertad del sujeto[7] para adecuarlo a un mundo “sin historia” y de competencia global. Una entidad que encontraría su manifestación más profana en la noventeras ideas del liderazgo, el empoderamiento, el management emocional y la incombustible figura del “emprendedor”[8].

Conjurar la amenaza asimétrica

Ahora bien, la tentación de utilizar aquí expresiones tales como “cooptación”, “recurso legitimador” o “distorsión” de parte de la cándida inocencia de los psicólogos humanistas y los yoguis humanizadores del mundo laboral, así como “manipulación”, “reificación”, o “falsa conciencia” para los críticos de izquierdas, resulta manifiestamente inadecuada. Frente a los que rechazan ofuscados la vinculación entre la herramienta y el uso, como si los objetos no fueran política en sí, o aquellos que clausuran la discusión con el simple manto de la ideología, proponemos un enfoque que analice de manera precisa y simétrica[9] – sin otorgar, a priori, valores de ningún tipo a los actores involucrados, incluidos los objetos – los ensamblajes que ha desarrollado el capitalismo con esta miríada de terapias e intervenciones. De no hacerlo arriesgamos perdernos la mitad de la historia y concluir sólo aquello que sabíamos de antemano ¿Cómo si no, podríamos enterarnos de las tempranas relaciones entre el desarrollo de la cibernética, la contracultura norteamericana, Internet y el auge republicano de mediados de los 80[10]? ¿Cómo leeríamos la confluencia de la biología del conocimiento tanto con la planificación centralizada de una economía socialista como con la ruda intervención del coaching[11]? ¿Qué pasaría si no dejásemos transitar libremente a todos estos objetos, tal como la propia mente de nuestra querida razón esotérica? Fácil: nos perderíamos toda la gracia de investigarlos.


[1] Una interpretación interesante de la relación entre el Bernays y el nacimiento del “yo” moderno puede encontrarse en documental de la BBC, The Century of the Self que pueden mirar aquí

[2] Miller, Peter y Nikolas Rose, Production, identity, and democracy, Theory and Society 24, 1995, p. 431

[3] Boltanski, Luc y Eve Chiapello, Le nouvel esprit du capitalisme, 2004, Paris, Gallimard.

[4] Dardot, Pierre y Christian Laval, La nouvelle raison du monde. Essai sur la société néolibérale, Paris, La Découverte, 2009 y, desde luego, Michel Foucault, El nacimiento de la biopolítica, Madrid, Akal, 2009

[5] Miller, Peter y Nikolas Rose, Production… art. cit, pp. 439-40

[6] Rose, Nikolas, Governing “advanced” liberal democracies, en Foucault and Political Reason, Andrew Barry, Tomas Osborne and Nikolas Rose, eds. London, UCL Press, 1996

[7] Cf. Vázquez García, Francisco, Tras la autoestima. Variaciones del yo expresivo en la modernidad tardía, San Sebastián, Gak@a Liburuak, 2007.

[8] Lo que Rose denomina de manera más psicologizada el “enterprising self”. Cf. Rose, Nikolas, Inventing our selves. Psychology, power and personhood, Cambridge, Cambridge University Press, 1996

[9] Sobre la simetría como enfoque metodológico se puede revisar prácticamente cualquier libro o artículo de Bruno Latour. Recomendamos especialmente Ciencia en Acción. Cómo Seguir a los Científicos e Ingenieros a través de la Sociedad, Barcelona, Editorial Labor, 1992 [1987], Nunca Fuimos Modernos. Ensayo de Antropología Simétrica, Madrid, Editorial Debate, 1993 [1991] o Re-Ensamblar lo Social. Una Introducción a la Teoría del Actor-Red, Buenos Aires, Ediciones Manantial, 2008 [2005]

[10] Turner, Fred, From Counterculture to Cyberculture: Stewart Brand, the Whole Earth Network, and the Rise of Digital Utopianism, Chicago, Chicago University Press, 2006

[11] Medina, Eden, Designing Freedom, Regulating a Nation. Socialist Cybernetic in Allende’s Chile en Journal of Latin American Studies 38 (2006): 571-606.



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